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13 relatos

XII CERTAMEN ATENEO CULTURAL 1° DE MAYO
El jurado del XII Certamen de Relatos Cortos convocado por el Ateneo Cultural 1º de Mayo, integrado por: MelianoPeraile, Julia Cela, Manuela Temporelli y José Rodríguez-Tarduchi, hizo públicos, el pasado 10 de junio, los premioscorrespondientes a 2004 que, de entre ciento treinta y seis textos recibidos, recayeron en Un despiste morrocotudo, deEduardo García Pérez; Este negro vacío de mi pecho, de Gregorio Echeverría, y Una noche dos hombres en un tren, deMercedes Aurora Blanco Rodríguez, galardonados con el primero, segundo y tercer premio, respectivamente. En cum-plimiento de las bases del certamen, Madrid Sindical publica los textos premiados.
EDUARDO GARCÍA PÉREZ
GREGORIO ECHEVERRÍA
MERCEDES AURORA BLANCO RODRÍGUEZ
Aldehuela de la Bóveda (Salamanca), junto a los raíles del ferrocarril. De ahí, dice, viene «probablemente mi oficio de ferro- estudios, inconclusos casi todos ellos».
Escribe «desde que tengo memoria de mí.
O sea, que ni se sabe, teniendo en cuenta que conocí a Franco, aprendí a escribir en otros en poesía, narrativa y ensayo.
pizarra y me salió callo en el dedo corazón de apretar el palillero que sujetaba la pluma podría yo hacerlo» y escribió Mes y ron la estilográfica, el bolígrafo, el tinte pico en Rajatila, por el que recibió el Premio Sésamo de 1978, Poesía y Ensayo «Secretaría de Cultura de la Nación» para el pelo, las compresas con alas, y el ordenador, que es cuando novela corta, fue finalista del Nadal con Sede vacante.
1978, Poesía contra el fascismo (Sociedad Argentina de Rela- yo empecé a presentarme a concursos literarios». Ha visto publica- Pero a los cincuenta años pensó que debía asegurar «los ciones Culturales con la URSS) 1985, Poesía y Cuento dos, entre otros títulos, Hilvanando Silencios, Canguingos y patas garbanzos de la familia», estudió Derecho y trabajó «Sociedad Profesionales Argentino-Arabes» 1987 y «Villa de peces, Miramelindos en Valdelaluna y Volver al corazón de las como secretario judicial. Tras su jubilación ha retomado de Mazarrón / Antonio Segado del Olmo» (Murcia) 2003. Ha encinas. Son incontables sus premios en toda España tanto en poe- el gusto por los viajes y la escritura con Gato por libre y sido declarado ciudadano meritorio de la ciudad de Los Ange- sía como en prosa, como el «Flor natural Amantes de Teruel» Tragicomedia antioqueña, recibiendo más de medio les (EEUU) por Forever and Never (Querido Borges IV, (Teruel) o el «Antonio Machado» del Ayuntamiento de Sevilla, en centenar de premios literarios. Y dice que su afición a 1990). Aunque sin publicar, es autor de cerca de una veintena poesía, y en prosa, varios artículos periodísticos, cuentos y relatos, de libros de poemas, relatos y novelas.
siendo «repetidora» de los premios que hoy nos ocupan.
dieron con ellos. Los dedos de los pies reptan como orugas se mira al espejo vestido de púrpura. De algo se siente seguro: N DESPISTE
hasta que logran acoplarse al calzado. Don Gaspar de Men- El Papa debió de nombrarlo obispo aprovechando un despiste doza se quita el pantalón y la blusa del pijama. Hace un mohín del Altísimo. La concesión de la púrpura cardenalicia debió de al observar que persisten los michelines. En la cara interior del fraguarse mientras el Espíritu Santo dormía. Si Horacio dijo MORROCOTUDO
muslo izquierdo las varices parecen pequeños afluentes de un aquello de que «quandoque bonus dormitat Homerus», don río invisible dibujado en su carne. Durante unos instantes se Gaspar de Mendoza y Tebar de Solís y Santiponce asegura que Primer premio
entretiene siguiendo con la yema del dedo índice el recorrido «quandoque Sanctus dormitat Spiritus».
de las venas. El prelado, por simple rutina, sopesa castamente, Ocho de la tarde. Monseñor de Mendoza recibirá en la sala Con la yema del dedo índice de su mano derecha don Gaspar indolentemente, con los dedos de su mano derecha el gurruño capitular de palacio a los asesores que han de ilustrarle en el de Mendoza hunde la tecla del despertador. Calla el ringring escrotal. El testículo izquierdo pesa más que el derecho. ¿Ocu- informe pedido por el Papa. Los ha escogido después de haber del reloj. El silencio se adueña del dormitorio. Los visillos de rrirá lo mismo a todos los varones? Don Gaspar de Mendoza y consultado sus nombres con su almohada, con su fichero con- la ventana tamizan una luz temprana. El primer vagido del día Tebar de Solís y Santiponce deja caer con desgana los dos fidencial de los clérigos de su archidiócesis y con sus conseje- peludos aguacates. El péndulo, desmayado y mustio, cae al ros. Son seis: Sergio Serrano Sánchez, canónigo de la catedral; devuelve a su mente el pensamiento con el que anoche se fue vacío y roza el larguero de la cama. La erección vibrátil de Casto Candiles Calle, arcipreste de Santa Mónica; Justo Juá- a la cama: La Santa Sede le ha pedido un informe sobre afro- amaneceres ya lejanos no turba la sangre ni la conciencia del rez Jadraque, jesuita; Damián Dávila Domínguez, profesor de disíacos cristianos (¡?). Se rumorea entre los obispos que el cardenal. El arzobispo de Montelíbano está a punto de jubi- andrología de la Universidad; Teodoro Téllez Toledo, profe- Santo Padre se propone publicar urbi et orbi, némine discre- larse. Cree que también él, de no estar sujeto al celibato, toma- sor de teología moral del seminario conciliar, y Marta Monreal pante, en el verano de 2004, una encíclica sobre la materia.
ría las grageas. ¿Por ventura no se trata de restaurar un miem- Montes, abadesa del monasterio de las Religiosas Bernardas.
Don Gaspar piensa que Juan Pablo II es un oportunista retar- bro decaído por la deleznable condición de la naturaleza Casto Candiles ha sido invitado por su experiencia conyugal.
dado que pretende alertar a la cristiandad sobre un tema Ingresó en el seminario siendo ya viudo. A Marta Monreal le pasado de moda. «Este Papa chochea con los años; no Su mente vuela ahora hasta las habitaciones privadas del ocurrió lo mismo. Su marido falleció al mes siguiente de regre- entiendo por qué la Iglesia siempre camina a remolque de los palacio apostólico de la santa ciudad del Vaticano. «¿A cuento sar de su viaje de luna de miel a La Rábida y otros lugares de qué este polaco, venido a Papa, se mete en camisa de once colombinos. Creyendo ser un aviso del más allá, Marta se sin- El cardenal arzobispo de Montelíbano sabe que en su varas?» Don Gaspar de Mendoza no entiende la obsesión de tió obligada a seguir la voz de Dios que ya había repicado en agenda de hoy fray Hortensio de Moncada no ha anotado nin- Juan Pablo II por el sexo. «Este hombre chochea con los años su corazón siendo todavía una adolescente.
guna visita pastoral a la periferia, ningún compromiso proto- -repite el cardenal-, está demasiado torpe. Sólo piensa en ca- Los seis convocados acuden hoy con el dictamen que don colario. Su eminencia está aún sentado en el borde del col- nonizar y en beatificar monjas y frailes».
Gaspar de Mendoza les solicitó hace catorce días. Fray Hor- chón. Se pasa ambas manos por la calva. Se atusa las escasas Su eminencia se pone de pie. Sigue desnudo. Acerca a la tensio de Moncada, secretario particular de don Gaspar de greñas para espantar ese rescoldo de melancolía que ha dejado cómoda su corpachón, se mira al espejo y se despereza. Mon- Mendoza, es hombre jovial, meticuloso. Ha preparado a los en el cuarto el ringring del reloj. Los pies descalzos de don señor no olvida su piadosa costumbre de sacar la lengua, seis invitados de su eminencia un condumio cardenalicio: Gaspar de Mendoza culebrean ahora sobre la alfombrilla.
hacerse morisquetas a sí mismo tirándose de ambas orejas al Lonchas de jamón serrano, taquitos de queso manchego y de Buscan los mocasines de badana que su sobrina Andresina le tiempo e insultarse con palabrotas de mediano calibre. Cada bola, pepinillos, alcaparras, patatas fritas, rodajas de salchi- regaló hace un año, cuando el Papa, en un descuido de la divina día que amanece se asombra de verse arzobispo y cardenal de chón y de longaniza, pimientos asados de hocico de buey, ore- providencia, eso dice él, le otorgó el capelo cardenalicio. Ya la Iglesia. El mismo confiesa que a menudo se ruboriza cuando jitas de cerdo crujientes y sabrosas, almendras y mejillones en MADRID SINDICAL. SEPTIEMBRE 2004
XII CERTAMEN «ATENEO CULTURAL 1° DE MAYO»
escabeche, boquerones fritos que huelen a orégano. Para los la Iglesia a quien compete extraer del decálogo la aplicación - Y usted, reverenda madre, ¿dónde ha leído eso de la dis- invitados más valientes ha preparado una fuente de pipirrana concreta del mandato divino, adaptándolo a cada época, a cada poco picante. Los asesores podrán también mojar el gaznate si acto humano, a cada persona. No sé si me explico.
- En los libros. Su eminencia sabe que yo fui mujer casada.
les place. Fray Hortensio de Moncada ha distribuido por la Casto Candiles Calle interrumpe a Justo Juárez: Por esa razón he sido convocada. ¿O no? Soy, además, doctora mesa botellas de vino tinto de Jumilla, rosado de Cariñena, - Vamos a ver si nos ponemos todos de acuerdo. ¿Qué son en psicología conyugal por la Universidad de Memphis, dicho fino de Jerez, refrescos de naranja, de limón, de mango y de las grageas? Las grageas no son más que un fármaco, señores.
sea sin ánimo de presumir. ¿Quiere saber cuál fue el argu- piña. Por los ocultos altavoces del techo de la sala capitular ¡Un fármaco! Un fármaco ni es bueno ni es malo per se, o sea, llega la musiquilla lejana del Magníficat de Perossi, una dul- por su propia naturaleza. Su bondad o su maldad están en fun- - Quiero -responde, sonriente, el cardenal.
císima grabación de la escolanía benedictina de Santo Do- ción de un fin. Una inyección de penicilina puede salvar una - Pues santígüese primero, aunque, como su eminencia nos mingo de Silos. La cocinera ha prolongado su jornada. La vida o puede mandar al otro mundo a una persona alérgica a los ha pedido un lenguaje evanescente, sutil y no sé cuántos cali- señora Isabel Camargo permanece de guardia a pie de obra, antibióticos. Depende de circunstancias concretas y de pato- ficativos más, se lo diré en términos que no puedan herir sus junto al fogón. Tal vez alguno de los invitados querrá tomar logías concretas. Estoy a favor del afrodisíaco para quien lo piadosas orejas: «Las perfusiones de la vesícula seminal pre- alguna tisana. Hay, esparcidos sobre la mesa, canastillos de necesite, incluso para quien lo use como estímulo para opti- vias a la cópula son causa determinante del clímax preorgás- mimbre con rodajas de pan, rosquillas de Aljaraque y paque- mizar una relación sexual lícita. Repito: Estoy a favor del afro- mico». Ese fue el título de mi tesis. Quinientos veinte folios tes de tabaco rubio y negro. No hay puros. En un cartel enmar- disíaco para quien lo necesite, incluso para el que lo use como tenía, eminencia, sin contar las páginas ilustradas ni las esta- cado, ya amarillento, colgado de la pared, con letras góticas de estímulo para optimizar una relación sexual lícita, aunque, por color rojo, sombreadas de añil, «se ruega no fumar».
supuesto, sin llegar a los excesos de ese irlandés, del que, - ¿Es posible obtener una copia de esa tesis? -pregunta el Falta un minuto para las ocho. Los invitados han formado un según he leído en los periódicos, se ha divorciado su mujer círculo en la sala capitular. Rodean a la abadesa. Marta es, en porque las famosas pastillas lo mantenían en permanente - Imposible, eminencia -responde Marta-. Mi confesor, en este instante, el imán de todas las miradas. Fray Hortensio de estado de acoso marital. Más de un adulterio podría evitarse virtud de santa obediencia, me obligó a entregársela para que- Moncada da los últimos toques al ornato de la gran mesa dando el fármaco a maridos aquejados de problemas de impo- oblonga de caoba. (En realidad la mesa no es de caoba, aunque así lo digan las guías turísticas. Los buenos madereros saben que la gran mesa oblonga de la sala capitular es de guayacán.
-No es lo mismo impotencia que superpotencia. Dicho esto, oídas nuevas redundancias sobre la materia, el Así lo demuestra su color cetrino negruzco y el levísimo olor cardenal don Gaspar de Mendoza y Tebar de Solís y Santi- a resina que se percibe pegando las fosas nasales a los bordes - Voy más allá: Si su eminencia lo autoriza, me propongo de la mesa.) La llegada del cardenal deja a los invitados con la recomendar las pastillas en el confesionario a penitentes con - Señores: gracias por su asistencia. Tengan la bondad de palabra en la boca. Todos besan su anillo pastoral. Se conta- entregarme sus conclusiones. Sigan con el piscolabis. He de gian de la sonrisa del prelado. Es el protocolo.
- Ahí está el quid de la cuestión -añade Dávila-. El arzobispo - Les pedí por favor que non multa, sed multum -dice el de Canterbury ha dicho que lo que pretenden los afrodisíacos Los convocados entregan al señor cardenal sus notas. Don señor cardenal sin dejar de sonreír-. ¿Les parece bien que cada no es un milagro. Pretenden simplemente restaurar un miem- Gaspar de Mendoza se despide de ellos. Marta también.
uno de ustedes nos exprese de viva voz su opinión y luego bro decaído. La licitud moral de un fármaco está en función de Ambos abandonan la sala capitular y caminan por el corredor los fines primarios. Ratifico la opinión de don Casto. Si el fin de la planta noble del palacio episcopal de Montelíbano. La - ¿La ronda de comentarios o el contraste de pareceres? -pre- perseguido es lícito, el uso del fármaco será lícito. Si el fin es abadesa besa el anillo del cardenal y se despide. En ese instante sale al encuentro de su eminencia fray Hortensio de Moncada, - Entrambas cosas -asiente su eminencia.
- El fin no justifica los medios -dice Candiles.
el secretario particular de su eminencia. Le entrega un fax pro- - De acuerdo -corean los convocados.
cedente de la nunciatura de Madrid: Eminencia: El Santo - Reitero lo que les dije -advierte don Gaspar de Mendoza-: - El fin no siempre justifica los medios. De acuerdo, pero a Padre desea recordarle que espera el informe solicitado sobre Aquí y ahora, hic et nunc, sólo interesan los aspectos morales.
veces, sí. Hay ocasiones en que el fin sí justifica los medios.
No es que la Iglesia olvide los problemas de salud. Ni mucho Amputar una pierna para salvar una vida es lícito. Amputar - ¿Cristianos afroasiáticos? ¡Dios santo! ¿En qué estaría yo menos. ¡Ni muchísimo menos! Pero, doctores tiene la ciencia una pierna para fastidiar al prójimo es ilícito. ¿De acuerdo? pensando el otro día cuando leí afrodisíacos? que nos darán razón de ellos. Nuestro trabajo se contrae tan Este Papa de ahora…, ¡es que tiembla al oír la palabra «sexo»! Monseñor de Mendoza palidece. Fray Hortensio de Mon- sólo a la licitud o ilicitud moral del uso de las famosas grageas - Es lógico que así sea -salta Téllez-. Cuando se habla de cada corre a la cocina para que Isabel Camargo, la cocinera, Viagra. Entiendo que esto es lo que me ha pedido el Papa, aun- sexo, se está hablando del manantial de la vida. El sexo no es prepare una tisana que sea capaz de tranquilizar a su eminen- que el secretario de Estado de la Santa Sede lo haya disfrazado sólo instrumento de placer, no lo es en ninguno de los prima- cia. Mientras, en la sala capitular, los cinco asesores restantes con ese extraño eufemismo de afrodisíacos cristianos. ¿A tes, nuestros antepasados. Es el cauce fijado por Dios para mastican y beben animadamente. Casto Candiles y Damián ustedes no les parece un poco rebuscado esto de afrodisíacos perpetuar la especie, para dar vida a seres racionales, dotados Dávila, separados de sus compañeros, cada cual con su vaso cristianos? Eso sí: Les ruego que utilicen un lenguaje conciso, de un alma inmortal. Fijaos bien en lo que voy a decir, que lo de cerveza en la mano, no se ponen de acuerdo sobre las razo- un lenguaje evanescente, vaporoso. Ustedes ya me entienden, que voy a decir no es moco de pavo: hombre y mujer, al pro- nes por las que el Deportivo de la Coruña será o no será hogaño un lenguaje sutil, que atenúe la crudeza de la materia. Empe- crear, están forzando al mismo Dios a crear un alma nueva campeón de liga. Candiles dice que lo será. Dávila dice que no.
cemos, pues -el prelado sonríe a la abadesa-: Las señoras, pri- para el nuevo ser. La cosa tiene intríngulis. Dios crea el alma, Al poner la taza de tila en manos del señor cardenal, su pero ¿cómo la crea?, la crea a remolque de un acto carnal, a secretario trata de darle ánimos a él y de quitarle importancia Marta opina que, de ser ciertos los portentos atribuidos a las veces a remolque de un acto carnal pecaminoso. He dicho grageas, éstas serán las aliadas de Belzebú para embravecer bien: ¡A remolque de un acto carnal pecaminoso! Asusta pen- - Eminencia: un error lo tiene cualquiera.
las tentaciones de la carne. Si es harto difícil ser castos sin gra- sar que Dios acepta las consecuencias del pecado, que se El señor cardenal se limita a mover la cabeza de derecha a geas, imaginen cuánto más lo será con ellas. De la misma tesis somete a ellas, creando un alma inmortal para un ser engen- izquierda y de izquierda a derecha. Después de algunos sorbos es Teodoro Téllez, el profesor de teología moral. Sin el pecado drado mediante el pecado. ¡Tremendo pensamiento! de tila, mirando al suelo, alicaído, con voz de condolencia de Adán las grageas serían pan bendito; habiendo pecado - ¿Más opiniones? -indaga el señor cardenal, trazando un Adán y Eva, las grageas generan una competencia desleal círculo con su mirada. La abadesa Marta Monreal levanta el - Ya ves, fray Hortensio, las sorpresas que nos guarda la entre la carne y el espíritu. (Al oír la expresión «competencia vida. Siempre he presumido de mi árbol genealógico.
desleal», el señor cardenal hace un gesto de aprobación - Admito la licitud de esas grageas bajo control médico.
- ¿Y qué tiene que ver su árbol genealógico con todo esto? alzando el pulgar de su mano derecha). Sergio Serrano, canó- Temo que su uso incontrolado servirá para envalentonar al - Pues que ahora resulta que sólo soy un alcornoque.
nigo magistral de la catedral, se desmarca de esa tesis: Las gra- demonio de la lujuria o de la lascivia, como ustedes prefieran geas son éticamente neutras, dice. Ni fu ni fa. La Biblia, la tra- llamarla. Pocos serán los hombres que creerán que su potencia dición, los concilios, guardan silencio sobre estos milagros de sexual es la correcta. Todos querrán más, más, y más. La dis- botica. Serrano no puede vencer la tentación de iluminar su función eréctil puede ser sólo un pretexto para legitimar otras tesis con un flas aristotélico que él considera tumbativo: Pec- perversiones. El varón debe agotar los medios artesanales SE NEGRO VACÍO
catum est voluntaria transgressio aut Dei aut Ecclesiae man- conocidos para alcanzar una excitación natural. Mi difunto dati. Atqui nullum est mandatum Dei aut Ecclesiae in quo esposo tuvo dificultades eréctiles. Lo supe antes de casarnos.
pillulae prohibantur, ergo nullum est peccatum. Así de claro.
Ya me encargué yo de enderezar artesanalmente lo que por DE MI PECHO
Don Gaspar de Mendoza y Tebar de Solís y Santiponce pide Segundo premio
a Sergio Serrano que traduzca su silogismo para Dávila: - Marta ha puesto el dedo en la llaga -dice Casto Candiles, - El pecado es la transgresión voluntaria de un mandato de mientras su eminencia arquea las cejas y sus contertulios son- Dios o de la Iglesia. Es así que no existe ningún mandato de ríen por las manifestaciones de la abadesa-. Los laboratorios «La fantasía, abandonada de la razón, produce monstruos Dios ni de la Iglesia que prohíba el uso de estas grageas, luego piensan más en el varón que en la mujer. ¿Por qué no inventan imposibles; unida con ella es madre de las artes y origen de las fármacos que eliminen la frigidez de la esposa? maravillas.» (Francisco de Goya y Lucientes. Epígrafe, de su - Eso es un sofisma como una catedral -replica Justo Juárez, - ¿Para qué? -interrumpe Téllez-. Pero, ¿tú qué sabes de fri- puño y letra, al pie de uno de los Caprichos, Madrid 1799).
el jesuita-. No es preciso que exista una prohibición explícita de Dios o de la Iglesia para que un acto humano sea pecado.
- ¿Cómo que para qué? Para aminorar el predominio del Qué no dijera en esta hora lúgubre, tan desgarrado por la pri- Permítame redargüir su silogismo. Las tablas del Sinaí no son varón en el acoplamiento sexual. En esta cuestión existe un vanza de tu piel espléndida y casi ciego por no tener ante mí la un Espasa de virtudes y de pecados. ¿Me entiende usted? Son agravio comparativo que lesiona derechos de la mujer -insiste luz provocadora de tus ojos, dulce paloma montaraz. Si no me una síntesis de la virtud, un muestrario básico de lo lícito y de fueran tan odiosas las copias y los plagios, me anticiparía a las lo ilícito. Pretende usted que la ley de Dios sea un recetario Al cardenal se le salían los ojos de sus órbitas al ver el endechas que varios siglos por delante desgranará un juglar pormenorizado de pecados y de virtudes. No es eso. Gracias a aplomo de la madre abadesa y la sabiduría de sus invitados. No por estas mismas tierras. Todo pasa y todo queda… Dios, ni nuestro Dios es Alá ni nuestra Biblia es el Corán. Es a MADRID SINDICAL. SEPTIEMBRE 2004
XII CERTAMEN «ATENEO CULTURAL 1° DE MAYO»
Pero es que sólo pasa lo que ha sido. Y lo nuestro no ha sido como un poseso su mirada que me inmovilizaba con la efica- - Os percibo distante, diría yo como enfurruñado, amigo sino un sueño. Esto me decías cada atardecer cuando el relente cia con que la serpiente paraliza al pajarillo que se apresta a del crepúsculo nos traía por los ventanales el perfume de los devorar. Devórame mas no te muevas ni te alejes de mí, hechi- - No tal, señora, no tal. Quién elegiría estar distante de vos, agrios y el rumor de las fuentes. Que empalidecía al rumor de cera de mi alma. Fascíname y sea yo la más pasmada avecilla siendo como sois centro de todo encanto y asiento de cuanta tus enaguas y al crujido de tus corpiños. Ay Cayetana, quisiera enredada en la urdimbre pecaminosa de tus redes.
complacencia pudiera apetecer el más quisquilloso de vues- el cielo eternizar el tiempo que corre entre una y otra pince- - Pues debo reconocer que por ser un rústico te sabes al dedi- lada. No, claro, que no pudo ser ese mi discurso. Ay señora mía llo las artimañas del oficio, maestro mío. Dejadme apreciar de - A tu servicio y tanto me tienes tú desde hace meses. No es quisiera el cielo eternizar el tiempo que corre entre una y otra que te lo reproche, qué va. Estas paredes son testigos de lo pincelada. Ese era el trato que me podías permitir entonces. Y - Os ruego contengáis por algunas jornadas vuestra mucho y de lo tanto. Tanto que temo hayamos incurrido en repasar una y otra vez la textura de tus volados y la gracia con impaciencia, señora. Los detalles que faltan son el remate de excesos que ni esta sociedad hipócrita y mohína dejará de que el ruedo de tus vestidos insinuaba y retaceaba a un tiempo lo que tan generosamente llamáis mi oficio.
pasarnos la factura al menor soplo de esos vientecillos sin los los tesoros encerrados. Fruto de ningún huerto tuvo guarda - ¡Qué sabes tú, querido pastorcillo mío, qué impávidas ciu- cuales la corte sería un mortal aburrimiento.
más fina ni senderos más apetecidos.
dadelas, cuán arrogantes barbacanas han rendido sus pendo- - Malo fuera para vos que nuestros negocios se ventilaran en - Me miráis de un modo extraño, maestro.
nes a la fiebre abrumadora de esa impaciencia a la que aludes el Rastro. Y no lo digo pensando en mi honra, que poco - Perdonadme, señora, en pensamientos más lejanos estaba importa a la hora de las pócimas la honra de un rústico. Mas la puesta mi atención. Y sabéis, creo -en todo caso-, que la vida - No he querido ofenderos, os lo juro.
vuestra, que os habéis quitado de encima con la misma gracia no ha tenido aún conmigo los mimos del tal magisterio, que a - Ni hubieras podido, eso tenlo por seguro. Delante de mí me con que echáis sobre la otomana para mi maravilla vuestras vuestra mera gentileza debo agradecer.
ofenderás cuando yo lo disponga y te retractarás en cuanto te - Maestro eres desde ya para mí y no lo tomes como un cum- lo ordene. Ahora calla y déjame contemplar tu obra en paz. No - Pues ayúdame a deshacerme de estos refajos y háblame de plido. Pero no es tu arte en la réplica de los lazos y puntillas lo sea que hayamos malbaratado en esta covacha las mejores tar- tus sienas y tus ocres, que te escucho con la cabeza y el cora- que te hace magistral a mi fantasía.
zón temblando como una cervatilla mientras me mimas y me - Pues estáis clavando en mi alma una recia estocada, muy Ah, cuánto duele ahora el evocarte, casquivana corzuela.
Batida y abatida por monteros y arcabuceros y diestros de Me dicen que has muerto. Que tu luminosa blancura ya no - Con la misma reciedumbre con que tú clavas banderillas puño más ceñudos y soberbios que los infantes de tu difunto refleja ni la codicia ni el hartazgo de este mundo, Cayetana. Y en la mía, si es que hemos de pagar franqueza con franqueza.
dueño. Que si a todo lo ancho de las Europas se allegaron los no puedo imaginar mustios unos frutos que estallaron de vida - No os rebajéis al valor de un novillo, señora. Ni pongáis mi alaridos de triunfo de nuestros tercios flamencos, no hay rin- entre mis manos. Me resisto a pensar fláccidos esos músculos humilde arte por faena de diestros. Hay espacios que no con- cón del reino adonde no resonaran tus insaciables aullidos y de tu cuerpo bravío arqueándose en el supremo gesto del viene transitar y distancias que no es prudente acortar.
los impertinentes reclamos de tu gula. Oficio me exigiste y mi rechazo y el envite. Te amé, Dios me perdone. Me amaste, me - Es que lo que escapa casi de mis labios y lo que leo en tu oficio te di como en igual medida no lo diera si de la Santísima sopla el incordioso diablillo que se cura de rejonear mis mirada poco tienen que ver con la prudencia. Y una vez que te Virgen se hubiera tratado el negocio, válgame Dios. Me aco- recuerdos y mi sueño. ¡Mis sueños, válgame la eterna conde- atreves a cruzar esos espacios, ni las distancias ni las conve- saste en tertulias y salones y a la mediasombra de los despa- nación! Sueños de una locura que mi locura llamara los sueños niencias tienen ya el menor significado.
chos. Y mucho me equivoco o también bajo el dosel de tu de la razón. Sabes que no, pero aún piensas que te amaba. Pin- - Platicadme, pues, si os place de vuestras fantasías.
cámara y al calor de tus sábanas fuiste entretejiendo la telaraña cha y pincha demonio. Hinca y rejonea, que no es en la carne - Pues que me he preguntado más de una vez si sería tu pin- en la que tenía tu capricho dispuesto enredarme. No en vano sino en el corazón donde más duele, pequeño somorgujo. Roe cel más hábil en reflejar lo que ves o en plasmar lo que a escon- repiten en voz baja los servidores de palacio y otras gentes de mis entrañas, deshilacha mi piel, hiende con tus colmillos este didas imaginas y con lujurioso imperio desearías que se mos- mayor alcurnia que más puede uno solo de tus rizados bucles vacío de mi pecho que han llenado de penumbras y de lutos las que la desnudez de cuerpo entero de la bruja de Parma. Todo - Este trabajo estará terminado en una semana. Si para lo hiciste tuyo con un gesto displicente de niña consentida.
Ignoro aún si has sido sólo un caprichoso sueño de mi razón entonces no han mudado de orientación vuestras fantasías, os Con tu inimitable mueca de terquedad y coquetería. He pen- atormentada. O si por lo contrario fuera yo la intrascendente y prometo poner a vuestros pies todos los oropeles de mi oficio sado que un retrato hecho por vos pondría un toque de interés efímera razón de tu capricho. Develarlo no atenuaría la que- en nuestra finca de verano. Lo diste por resuelto y no volviste mazón del hierro que me roe ni aclararía la luctuosa sinrazón Cómo pude, Dios, acercar de tal modo mi cabeza al hacha a dirigirme la palabra. Ni la migaja de una mirada. Dos meses del fuego que me siembra tu memoria.
del verdugo. Loco debí estar, lo confieso. Aunque mucho más más tarde empezó el que habría de resultar el peor suplicio de Ignoro si las tinieblas que me acechan son las formas vivas despreciablemente loco hubiera sido no recoger aquel deli- mi vida. Mi desgraciada lucha entre la moral y la carne. Lejos de los esperpentos y fantasmas que he plasmado en mis días de cado guante. El choricero ni hubiera pestañeado. Mas lejos aún mi cabeza de los monstruos que años después habrían de delirio o es que de mi propia mente van brotando las sombras estaba yo de su mucho desparpajo y vasta experiencia en estas acosarla, haciendo de mi razón un sórdido amasijo de rencores y en brotando soplan sobre el rescoldo de la impaciencia que lides. Siendo como soy en cambio un palurdo para nada acos- y lealtades. Me sabías vencido de antemano, ni qué decirlo.
nos dimos y las distancias que no guardamos.
tumbrado al bifronte protocolo de una corte que vivía besando Aún me engañan mis pobres oídos haciéndome pensar que Ignoro -en fin- cuya fue la primera verónica y cuya la pos- el crucifijo y desvirgando palomas. Qué semana, virgen santa.
escucho en este instante el tumultuoso batir de mis arterias al trimera embestida sobre esta arena que impúdicamente ha Siete días de suplicio en que no volvimos a tocar el tema. Aun- acomodarte en la postura que te daría la gloria y a mí me sumi- devorado las pastoriles ambiciones y las nobiliarias fiebres, a que la cuestión brillaba en sus ojazos oscuros como una brasa ría en el mayor y más acre desasosiego. Vigila tus torpes despecho de los estatutos y las bulas.
del infierno. Maldita y adorable zorra. Que le hiciera el favor manos, pintor. No quisiera que tus colores impetuosos y tus Mas no ignoren la corte y el reino todo y las Españas, mi de ajustarle el pasacintas de las calzas. Que le asentara a mi óleos ordinarios ensuciaran mis vestidos. Fue la primera pequeña zorra de madreperlas, que ha sido tu vientre de ala- gusto los plisados de la pechera. Que le arreglara la caída de las muestra de tu paciente cacería. Mostrando y escondiendo, bastro el acalorado lienzo de mis más gloriosas pinceladas. mangas. Pero de lo otro ni una palabra. Al punto que terminé avanzando y retrocediendo, ofreciendo y negando me fuiste dudando si aquella charla había en verdad tenido lugar en la acorralando como el matador abruma al toro antes de rematar realidad del taller o en lo tenebroso de mis devaneos noc- la faena. Y qué remate, virgen santa. Más de diez años han turnos. Fueron en verdad casi dos semanas. Pues no atinando pasado y revivirlo me escuece aún lo hondo de la médula. Mi a poner los pies en la realidad de aquella historia ni a huirme pequeño pintor de santos de alcoba, me espetabas entrea- NA NOCHE DOS
por el atajo de las pesadillas, me vi forzado a demorarme en briendo con una gracia inigualable las valencianas de aquel detalles por sobre los cuales pude haber pasado con toda hol- escote por donde mi sensatez terminó desbarrancándose. gura. Pues en cuatro días a partir de la tarde fatal, Cayetana bri- - Acércate a tu modelo y hurga en mí como yo he hurgado HOMBRES EN UN TREN
llaba ya en todo su esplendor desde mi lienzo. Dando pie al en los pormenores de ese lienzo. Nada más siguiendo el rastro Tercer premio
subido comentario que los cotilleos de palacio le atribuían a un de tus pinceladas. Buscando la huella de tus dedos. Fisgo- franchute, según para quien no había un solo cabello de la neando aquí y allá por cada pliegue que tus ojos se cansaran de duquesa que no encendiera el más abrasador y lujurioso de los valorar en sus sombras y en sus luces. Ven ahora a mi lado y El pueblo lejos oye correr un tren sin vida, deseos. Abrasador y arrasador, agregara yo de haber tenido convéncete hasta dónde ignoras la tormentosa resolana de mis sin destino y sin bulto, y pasa y vuelve.
siquiera la intuición de que mi cabeza malamente se sostenía sobre mis hombros desde la primera tarde de comenzada la Qué feroces premoniciones no atenazaron mi alma en aquel obra. Escaso esfuerzo llegado el caso le demandara al verdugo mismo instante. Ajeno a las argucias de la montería e igno- quitarla de sus goznes y dejarla rodar por el aserrín del patíbulo rante asimismo de lo que acontecía en lo recóndito del ruedo, para regocijo de la chusma. Pero es que estar de pie delante de habiendo la anchura de un mundo entre las gradas y la arena.
aquella porcelana indolente que me escudriñaba desde lo Mas no fuera esa la dificultad para cerrar los ojos e imagi- - ¿Falta mucho para llegar a Sevilla, hijo? hondo de sus ojazos felinos que prometían el cielo augurando narme allí dentro de rodillas, abandonando la muleta y empu- a un mismo tiempo los infernales precipicios me daba vahídos.
ñando el acero con la mirada fija en aquellas cuencas encendi- De los cuales me hubiera librado al punto con sólo cerrar los das. Mal momento para develar, sin que me temblara la mano, Don Antonio atrajo hacia sí el cuerpo mermado de la ojos un instante. ¡Vano intento fuera! Conformárame en todo cuánto de ira había en los sombríos tizones y cuánto de lujuria.
anciana amonada sobre sus rodillas y le atusó el cabello des- caso con dominar el temblor de mis párpados, el leve aleteo de Puesta mi memoria en ese momento en un episodio de palacio, pelujado. El traqueteo del automóvil había amodorrado su mi nariz y el palpitar de mi barbilla. Pero quitar la vista de me vi delante de la imagen del anciano Carlos. Pienso que los senectud alzhéimica contra el pecho de él, azorados los pulsos encima de aquella mata renegrida, de aquella displicente y nobles están más a salvo de las infidelidades que los plebeyos, desvergonzada turgencia ora insinuada más que expuesta, ora majestad. Porque no abundan las estampas principescas que La lluvia hostil y atravesada daba de hostigo, aporreando expuesta más que adivinada, tarea era en todo superior a mis puedan atraer a sus esposas. Qué tonto eres, hijo mío, qué tonto enérgica el cristal del coche, que transportaba cuatro siluetas eres. Y al volver a la realidad, esfuerzo hube de hacer para qui- negras cruzando medrosas la frontera. El silencio espeso De mí sólo tengo conciencia de mis ojos entrecerrados. La tar de mi cabeza la visión del miura y la del viejo rey. Y para amordazaba los suspiros y la sangre se hacía cristal picado suave penumbra del local dilataba mis pupilas bebiéndome corriendo cuerpo arriba hasta los labios excomulgados de MADRID SINDICAL. SEPTIEMBRE 2004
XII CERTAMEN «ATENEO CULTURAL 1° DE MAYO»
besos. Era un veintisiete de enero cruel, de carámbanos fríos con un rostro invisible de mujer. Palpó a caricias lentas sus como cuchillos, clavados en el costado izquierdo de la España rasgos exquisitos, el tacto terciopelo de la piel de los pómulos, sangrando caliente por la herida abierta.
las pestañas guardando unos ojos cerrados, la orilla de los El automóvil moderó el runrún bronco y se detuvo prudente labios húmeda de los besos, el aliento abrasándole la cara. Y al amparo de las sombras del lubricán que a aquella hora más abajo un cuello terso hasta el comienzo de los pechos que Igual que él: Miró el bolso pequeño sobre su cabeza y luego comenzaba a desdibujar anochecidas las cercanías de la esta- se alzaban en un desafío provocador que agraviaba sus mer- a Josefina tejiendo sentimientos, tirando dulcemente de la ción. Reculó el vehículo hasta rozar casi el estribo del furgón madas facultades de edad tan a destiempo. hebra enredada en sus pies. El único viajero que compartía de cola. Se apearon los viajeros con el daño clavado en los cos- El aroma excitante de su cuerpo anulaba los tufos revenidos departamento con ellos observaba curioso la lucha de Marce- tados, desacostumbrados como tenían los cuerpos al trajín de de sudores añejos de obreros, que salieron con la ropa cansada lino con los auriculares y de Josefina con el ovillo. ¿De dónde kilómetros por las trochas de barro. Después el conductor de faena, sin ocasión para aseos inútiles, y de criaturas que habrán salido estos dos viejos?, parecía preguntarse. tomó la manivela y le dio vueltas para poner en marcha su mamaban los calostros ácidos y expelían orín como blasfe- Y viejos eran. Por eso el abandono. El olvido de los que él huida con urgencia, antes de que pudieran acusarle del delito mias y defecaban una mierda verde apestosa de lombrices había considerado compañeros. Le dolía el golpe bajo a una sin nombre de salvarle la vida al enemigo, sólo por el sagrado deber de la amistad. Luego cerró la portezuela y se alejó sin Ella llegó callada, como vuelo de ángel, y le abrigó sus ¿Cuántos años hacía que no viajaban? Podían haber cogido volver la cabeza, con el adiós quemándole en las manos y el dedos uno a uno con mechones calientes de su pelo. ¿Leonor? una litera para estirar las piernas, total poco más costaba, pero abrazo pendiente por si hubiera un regreso.
Leonor estaba muerta. El mismo le echó tierra, y se hizo anda que no habían ellos rodado por esos mundos en peores Algunos pájaros, las plumas ateridas, fueron testigos de la llanto sobre su cuerpo helado como rosal cadáver en enero, trenes. Menudo lujo, si lo comparaba con el que pasaba por despedida, posados sobre los cables del tendido eléctrico del descolorido y seco, sólo espinas sin sangre. Alcázar de San Juan en el treinta y nueve. que se descolgaban bombillas apagadas que maltrataba el ¿Guiomar? Guiomar tenía un esposo con el que, a buen Aunque era el final de marzo y había terminado la guerra, seguro, compartiría el calor del lecho en el hogar acogedor y no por eso había empezado la primavera. Hacía un frío de Medio en volandas tuvieron que subir a doña Ana al tren invierno carcelario y él se escapaba de un taller de reparación parado del que ella desconocía el destino y no sabía si iba o si Quiso retener los perfiles amados entre sus manos torpes de vagones rompiendo los cristales. Al reducir el tren la mar- pero ya no podían sus fuerzas agarrarse al amor que se desva- cha llegando a la estación. se subió ágil como un pájaro ale- La oscuridad cetrina amparaba el desahíjo camino del exi- necía a medida que el sueño le rendía, agotado sobre el suelo teando su recién estrenada libertad, que le duró tan sólo hasta lio. Agarimados bajo una negritud amenazadora, unos contra por el que disfrutaban de calores humanos docenas de cucara- Aranjuez. Llegado a este punto las tropas de Franco rodearon otros, buscaban acomodo en el vagón habitado de terrores el convoy y las mujeres, ancianos y niños que viajaban en el malditos, que desde niño arrastraba don Antonio. Los chiqui- La maniobra del tren y las conversaciones en voz alta de los mismo vagón miraron impotentes su final de trayecto. Otra llos que huían sin saberlo consolaban sus verraquinas ferroviarios, le rompieron el instante de inquietante sosiego.
vez al taller y de nuevo la huida, cuando el reloj clavado en la mamando sinsustancias de los pezones descolgados de ham- Por las puertas abiertas del vagón entraba una luz amarilla de bres. Los viejos liaban con parsimonia, ceremoniosamente, el madrugada fría de cristales clavados en el aire. Se atusó el Ahora iban sin prisas, de vuelta a los orígenes, sólo por ati- último Ideal y escupían la picadura amarga encorajinados los cabello en el cogote antes de colocarse el sombrero torcido.
zar un poco el fuego en la memoria de aquellos años niños ojos de llanto reprimido, suspirando por los besos rotos, rebe- Miró a su madre agonizar despierta y supo que la muerte la entre vías, oliendo siempre a carbonilla, a brea de las traviesas, lándose imposibles contra los desatinos de los dioses, reso- miraba de frente. Le rodeó su cuerpo con los brazos en un afán a humo medicinal que le curó la tosferina a todos los chavales llando hacia dentro por volver, aunque nada más fuera, a des- de vana protección. Fue al estrecharla tanto cuando sus dedos de La Rasa. Se imaginó que no hallaría a ninguno de los viejos cansar bajo la tierra hollada por sus huellas.
se enredaron con los flecos deshilachados de su bufanda de amigos: se condenó la línea, se cerró y los ferroviarios que fue- Por las rendijas de la madera torturada se asomaba la luna, lana apelmazada. No había soñado entonces. El fantasma de ron su familia habrían marchado buscando otro destino. La llena, redonda y fría, castellana, a pesar de alumbrar otro país.
Ella había vuelto a abrigarle los suspiros cansados. Todavía se casilla sí estaría plantada en su lugar junto a los raíles oxida- Don Antonio estrujó con ternura el manojo de venas esta- percibía su aroma pegado a la pechera de la camisa blanca.
dos donde a él le creció la rebeldía. llando moradas -semana de pasión- en las manos de doña Ana.
Ágil, como un muchacho recién enamorado, se plantó en el De vez en cuando, Josefina dejaba de tejer, miraba los pai- La sangre medio se le paraba engarañada, tiritándole la des- andén persiguiendo un rastro inexistente, mirando loco en sajes que se iban alumbrados de luna y entre melancólica y todas direcciones en busca de un sueño perdido detrás de la El trataba de acallar los fantasmas evocando las sendas - Vaya marcha Marce, parecida a la de la noche aquella que amorosas andadas con Guiomar, pero el poemilla abatido se Desconsolado se frotó las manos y resignado aceptó el len- salimos de Alicante cargados de bártulos: la única vajilla en la guaje de las emociones. Acarició con mimo la bufanda caja de madera, ¿te acuerdas?, el colchón y las doce mil pese- mugrienta tratando de encontrarle huellas aún calientes. Una tas bien guardadas al calor de mis pechos, y los niños. Menos pasión inusual le palpitó en los labios. La apretó contra ellos y mal que se salvó la radio. Qué pena de platos. Ni uno sano de percibió carmines desteñidos de besos temblorosos. El cora- Intentó convencerse de que la vida seguiría en otra parte zón se le azoró doliéndole en el pecho. Se anudó sentimientos Se reían por olvidar el antaño de penalidades y el presente rizándole el futuro -hoy es siempre todavía-, pero el vagón en la lana y respiró profundo. Miró al cielo insensible y extran- ingrato. Marcelino abrió el libro y unos versos vinieron a darle continuaba quieto en mitad de la noche y no había el menor jero. El tren se puso en marcha renqueando, como si le pesara indicio de que nadie le fuera a dar salida a un tren parado en una la carga de tristeza que portaba. Se acurrucó como un pájaro vía muerta. Ni una sola vez escuchó la campana repiqueteando herido y se dispuso para el largo viaje, mintiéndose el regreso. a partida. Nada. Era aquella una estación muda, de sombras La agonía de su madre empezó aquella noche. La suya, sentadas esperando anhelantes una orden de marcha. pocos días después, cuando ella le dejó consumido de ausen- Alguien había intentado talarle de raíz. Las raíces estaban Sacó su reloj de bolsillo, el de la esfera de porcelana rota y cias en Collioure, añorando los trenes que iban hacia el sur, agarradas muy fuertes a la tierra y como al olmo seco, «con las comprobó lo lentos que suceden los latidos del tiempo cuando recostado en la penumbra inverniza de su soledad, sin tiempo lluvias de abril y el sol de mayo, algunas hojas verdes» le sal- se espera al alba deseada. El alba que no llega. Acarició el puño apenas de escribir olvidos. Pero en algún momento de lúcida del bastón confidente, con la manga limpió el ala del sombrero consciencia se aferraba a la idea de volver para ver -allí el El tren pasaba sin detenerse en las estaciones secundarias.
húmedo de la niebla y se levantó el cuello del abrigo raído por maestro un día soñaba un nuevo florecer de España-, pero le Marcelino convocó a los viejos fantasmas y de repente le las garras de tantos inviernos castellanos. Y otra vez volvió a pareció estar viéndose en Oújda vistiendo el mono azul de los echar en falta la bufanda. Era vieja y andaba desflecada, lo El tren sigue parado en la vía muerta de su espera nocturna.
ferroviarios argelinos, encima de una máquina, cruzando la mismo que su vida. ¿En qué lugar se quedaría olvidada? Sin ella hasta su voz le parecía desnuda, pues desde siempre acom- Josefina no quería recordar. Ni los viajes en tren para verlo pañó sus toses y le abrigó de lana los alientos helados en la en la cárcel de Segovia cargada con bolsas pesadísimas más de cinco kilómetros, ni los años atroces de penurias y luchas clan- Se sacudió los pantalones arrugados del uso y los kilómetros destinas. Reclinó la cabeza en el hombro cómplice y un calor- y a la tentaruja se estiró la corbata. Quería que la madrugada, cillo tibio se le escurrió por los senos: ahora podrían comenzar si llegaba, lo hallara bien compuesto. Con la manta prestada, arropó el cuerpo espirituado de su madre: ella no volverá, se Entró el interventor pidiendo los billetes: dolió voz en alto, pero yo sí regresaré más viejo y más cansado, el mismo traje gris y otros nuevos poemas creciéndome tor- Y al devolvérselos los usó como punto de lectura en la Cerró los ojos y procuró soñar con un amanecer rosado de horizontes, porque «de toda la memoria sólo vale el don pre- - Y quién sabe, mujer, después de tanto tiempo. La puerta del vagón chirrió débil, como maullido de gato Marcelino se ajustó los auriculares de la radio -estas cosas - Gracias, compañero. Seguiré trabajando. Sólo la muerte recién parido al lanzarlo al río. Nadie miró si entraba el ene- modernas-, se quejó y echó de menos la emisora que le había migo o salía el camarada. Como fardos dormían todos amon- acompañado durante tantos largos años condenado al silencio, Estaba acostumbrado a la derrota. ¿Por qué le dolía tanto tonados. Todos menos él, que vigilaba el escaso equipaje cuando Dolores le consolaba los terrores nocturnos desde la que a la vejez se hospedase en su carne otro fracaso? Eso sería: sobre el que reposaba la cabeza de doña Ana, vacía de emo- la carne rota de la senectud se le hacía más sensible a la caída.
ciones, incapaz de hilvanar razonamientos que no fueran sus- Las letras se le empezaban a hacer agua, así que cerró el La noche seguía vestida de luna y de hielo. El tercer viajero piros agudos de melancolías sentadas en el halda negra de vie- libro, se quitó las gafas y se restregó los ojos cansados de leer empezó a roncar. Ellos se apoyaron el uno en el otro. Mientras, muchos miles de líneas en penumbra. No es que fuera su fuerte el tren continuó cortando la aurora sonrojada, ajeno a la tris- De repente sus manos hechas a la redondez del palillero, la poesía, sobre todo la actual, que la entendía poco y mal, teza que viajaba en segunda, consolada por la firmeza intensa suave de la costumbre de escribir, tropezaron clandestinas del cariño, resistente a los fríos del progreso y la conformidad.

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